lunes, 4 de noviembre de 2013

MIS AMIGOS LOS MASTINES

(Historia basada en hechos reales que me


ocurrieron en la campiña extremeña,

cuando de niño fui, pastor de ovejas)







“ MIS AMIGOS LOS MASTINES”



Había una vez, dos niños que vivían en una choza hecha de ramajes del monte, esto niños eran hijos de pastores extremeños, los que se dedicaban al pastoreo de unas ovejas casi diferentes a las demás, pues eran éstas como negras a simple vista, pero su lana era blanca, muy blanca en su interior; creo que le llamaban merinas o trashumantes las mismas pastaban en unas campiñas muy planas, y muy verdes bajo las milenarias encinas; llevaban estas colgados de sus cortos cuellos, unos cencerros a los cuales hacían sonar con un repiqueteo alegre que al mismo tiempo hacían sentir la nostalgia, de la soledad de aquellos campos, bajo las grises encinas y la mirada atenta del águila en las alturas.

Cuidaban de ellas además de nuestros dos niños y sus padres unos perros grandes, con unas zarpas y una boca enorme tanto es que al mirarlos daba miedo, sobre todo si cuando te veían venían a saludarte y uno podía pensar que vendría para atacarte. Llevaban estos Mastines unos collares al cuello llamadas carlangas con unas lanzas largas y afiladas: las cuales servían para cuando tenían que luchar con los sanguinarios lobos y así proteger a la manada de ovejas que custodiaban; nuestros dos niños hermanos. Los cuales se llamaban: Pablo, el mayor y Pedro, el más pequeño.

Estos perros que como hemos dicho eran amigos de nuestros dos niños y que custodiaban a su manada, eran dos: padre y hijo, el padre le llamaban el "Navarro", y al hijo el "Turco", nombre que les había puesto el padre de nuestros dos niños en mencionados, siendo estos dos mastines, los únicos amigos que en aquella soledad del campo tenían nuestros dos queridos niños. Cada mañana al levantarse de la cama los dos niños, daban de comer a sus amigos mastines, cogían el zurrón con las prebendas que su madre le había puesto dentro, para comer durante el día, que solía ser principalmente pan, tocino o queso de cabra o bien morcillas de patatas que eran alimentos básicos y habituales en las labores del campesinado extremeño por aquellas épocas. A continuación soltaban su manada de ovejas merinas del redil; y partían prestos hacia las glaucas campiñas en busca de las verdes y jugosas hierbas del fértil campo, de las cuales se alimentaba el rebaño. Un día mientras la manada pastaba tras el abrigo del espeso matorral que suelen formal las carrascas, encinas, jaras y retamas comunes, en el campo extremeño, estaban jugando los dos niños con sus amigos, mastines Pedro, le pregunto a su hermano Pablo, ¿Oye hermano? ¿nuestro padre, siempre suele hablar del perro que fue padre del "Navarro" era gran amigo tuyo? ¿Es verdad? y contesto el hermano ¡efectivamente así es! ¿Pero más amigos que son ahora su hijo y su nieto de nosotros? ¡es imposible! -matizo Pedro-. mucho más que son estos contesto el hermano. ¿Oye cuéntame él por qué de tu amistad con el animal? ¿Y cual era su nombre que no lo recuerdo?¡Te voy a explicar! contesto, Pablo, en primer lugar te diré que, su nombre era el de "Malayo": y su amistad con migó nace de un día que jugando con él me hizo ésta cicatriz que para siempre llevaré prendida en mi cabeza; ¡y que ahora te enseñaré! ¡Vaya! que grande -dijo- Pedro, Pablo prosiguió, en ella me insertaron veintidós cebicas o puntos ¡pero bueno como fue que te lo hizo, siendo tan amigo tuyo! volvió a preguntar, Pedro. Pues fue jugando con él, contesto, Pablo. Estaba jugando con el un día y con una de las lanzas del collar me engancho la piel de mi cabeza, y así fue como me lo hizo. ¿y quien te lo curó? volvió a preguntar el hermano más pequeño. Pues al principio mi amigo el "Malayo" empezó por lamerme la sangre que de mi herida fluía haciendo servir su enorme lengua como primer auxilio, después llego, Manuel, su amo y acogiéndome entre sus brazos, me llevó hasta nuestros padres y ellos me hicieron la primera cura; después nuestro padre en un caballo, me llevó hasta nuestro pueblo, y allí me curo el señor Ángel, el practicante que había en nuestra villa.

Bueno entre tantas cosas del "Malayo" te puedo contar que por ejemplo cuando yo salía al campo el mastín, corría a mi lado, y en ocasiones yo lo hacia servir de cabalgadura; y él corría despacito para que yo no me cayera. Después me acompañaba hasta casa, quizá, para que no me perdiera; cuando me sentía de llorar, por alguna causa fuera ésta la que fuera, corría a mi lado, para defenderme, y protegerme; ¡ves! por que era tan buen amigo.

¿Oye hermano tú por ser mayor? Cuéntame cosas del "Navarro" y del "Turco"¿Por qué estos también son amigos? ¿verdad? tu crees que si nos atacaran los lobos, nos defenderían, ¡pues claro hermano ellos no permitirían, que ningún lobo se acercara a nosotros, correrían detrás de ellos y los espantarían ¡mira! hace algunos años, cuando tú eras muy pequeñito ves aquel valle, allí me mando nuestra madre, para recoger nuestras dos borriquillas que estaban pastando, y entonces observe que allá un poco más abajo cerca de aquel montículo de encinas pequeñas, Venían caminando agazapados y muy despacio, una pareja de lobos los cuales cuando me vieron se quedaron quietos mirándome, yo entonces cogí mucho miedo y me puse a llorar ¡y fue entonces! Al escucharme vi de venir corriendo, al "Turco" para con su bronco ladrido ahuyentar a los lobos los cuales obstaron por salir corriendo hacia los riberos del río Tajo. En otra ocasión hace también bastante tiempo, cuando yo no tenía edad para poder custodiar ganado, estaba con nuestro padre, cuando vimos otra pareja de lobos que merodeaban el ganado; y el macho de la pareja se había sentado sobre sus cuartos traseros en lo mas alto de una loma mirando hacia nosotros, mientras su pareja permanecía de pies al su lado mirando también para el mismo sitio. Cuando nuestro padre les vio, llamo al "Turco" y al "Navarro", y les indico con su brazo extendido el lugar donde los lobos se habían aposentado, inmediatamente salieron corriendo los dos perros para atacar a los lobos. El macho de la pareja esperó sentado en el suelo, sin importarle el ver correr a los dos perros, pero el potente ataque que le lanzo nuestro amigo "Navarro" hizo dar al lobo con su peludo lomo en el suelo el "Turco," que todavía era joven atacó a la hembra, dándole un gran revolcón, cuando ésta quiso plantarle cara.

Y tras ellos traspusieron por la ladera de la loma también hacia la rivera del río Tajo. Volvieron los dos perros, pasado un largo rato fatigados pero moviendo sus colas seguramente por la satisfacción de haber peleado con las dos fieras habiéndoles derrotados.



De mi libro de cuentos: “VIVENCIA CAMPESINAS”



Autor: Pablo Grados Tapia



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